Wednesday, July 30, 2008

La Re volución Industrial, su primera etapa

 


La mayor transformación social que se ha producido en los últimos siglos ha sido producto de la Re volución Industrial. El invento de la máquina de vapor y el desarrollo de los procesos industriales contribuyeron sobremanera a tener una sociedad más modernizada y a afrontar retos naturales contra los que la Humanidad había luchado históricamente, como volar o desplazarse rápidamente de un sitio a otro.

Maquina de vapor

Pero, sin duda, el elemento clave fue la gran patente de James Watt que propulsó un cambio profundo que dio alas a lo que posteriormente sería llamada como Revolución Industrial. La máquina de vapor se aplicó a la locomotora y de ahí se pasó a un avance tecnológico sin precedentes. Por otro lado, una sociedad más liberal fomentó el que se introdujeran nuevos elementos que contribuyeran al avance industrial. Se necesitaba más carbón, se generaba más energía, y se buscaba aumentar la productividad de los recursos propios. La mente se había abierto a la economía y la eficiencia y a ello contribuyó también la política expansionista de determinados países que hizo que el capitalismo se expandiera por el mundo. Adam Smith, con su “Riqueza de las naciones” fue el pionero de este librecambismo, bajo la idea de que esa libertad influirá en el desarrollo de una nación.

La primera gran etapa de la Revolución Industrial fue la que se desarrolló entre los año 1760 y 1870. Fue un periodo marcado por los continuos inventos. En el año 1800 Volta inventaría la pila eléctrica. Step henson inventó la primera locomotora de vapor en el año 1814. en 1825 se inauguró la primera línea de pasajeros. En 1834 fue Richard Roberts el que ideó el telar y la máquina de hilar. En 1837, Mor se inventa el telégrafo y se da el primer gran impulso a las comunicaciones. En 1863 se inaugura el primer sistema de metro del mundo en Lon dres. En 1868 se lanza el primer ferrocarril transcontinental…

 Maquina de HIlar

Pero al mismo tiempo, la sociedad comienza a sufrir prifundas transformaciones marcada por hechos que todos conducían a la implantación de unas ideas mucho más modernas y liberales. 1789 y la Re volución Francesa fue fundamental para que esas ideas se propagaran por Europa. Pero también la victoria de los ingleses en la Batalla de Trafalgar sirvió en cierto modo para fomentar el auge de la Revolución Industrial. Lo que a simple vista parecería una catástrofe para franceses y españoles, hizo que Gran Bretaña, la gran propulsora de la Revolución, se hiciera con el dominio del mar en el Mediterráneo. Se abrieron así las vías para un comercio global y al mismo tiempo los canales necesarios como para que las ideas librecambistas que tanto se defendían en Inglaterra llegaran aún más lejos.

Poco a poco, la semilla de una sociedad más avanzada basada en la tecnología iba floreciendo. En aquella primera etapa de la Revolución Industrial, la luz eléctrica, el gas y el transporte público (tres ele mentos básico de cualquier sociedad hoy en día) habían venido al mundo. Se había pasado de ciudades alumbradas por petróleo y donde el único medio de transporte eran los carros de caballos, a viajar en máquinas de vapor y a tener alumbrado eléctrico.

El siglo XX había llega do.

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Los na víos corsarios más es pectaculares

 


Aquellos corsos que marcaron una época y dieron nombre a toda una estirpe de bandidos marinos tuvieron su momento entre los años 1569 y 1621, cuando protegidos por el gobierno inglés atacaron una y otra vez a los barcos y colonias españolas. Bajo bandera inglesa, los corsarios tenían “patente de corso“, es decir, permiso de las autoridades, para actuar contra los enemigos de su país, pero no contra los navíos amigos.

 Jesus of Lubeck

Jesus of Lubeck

Su gran fuerza, aquélla que tantas vic torias les otorgó, eran sus potentes navíos. Tenían dos modelos de barcos: los de gran tonelaje y gran capacidad de dis paro y los ligeros, que eran fácil de maniobrar en determinadas situaciones. Aparte de su capacidad y tamaño, los diferenciaba el hecho de que los primeros eran suministrados por la propia Corona, mientras que los segundos se construían específicamente para el abordaje y piratería. Fue la Reina Isabel I quien comenzó a ayudar a los corsarios dándoles un barco, el Jesus of Lubeck. Pero no fue ella la única que lo hizo, pues posteriormente también Enrique VIII suministró varios barcos de su marina a los corsarios: el Elizabeth, el Jonas o el Triumph. Entre los barcos ligeros destacaron por aquella época el Ark Raleigh y el Revenge.

Ark Raleigh

Ark Raleigh

El Golden Hind del famoso Francis Drake fue cono cido en todo el mundo, por sus brilla ntes colores y por sus banderas y estandartes. Era un barco rápido que se maniobraba con mucha facilidad y de ese modo esquivaba con velocidad el fuego enemigo. Lo manejaban 90 hombres, tenía 14 cañones por banda y pesaba sólo 240 toneladas.

Golden Hind

Golden Hind

También los holandeses tenían una flota de buques corsarios: las urcas, de unas 400 toneladas y unos 30 cañones por banda. Estos barcos los usaban sobre todo para atacar a las ciudades portuarias.

Entre los navíos españoles los más conocidos eran la Capitana y el Al mirante, sin embargo no tenían la facilidad de recarga de cañones que tenían los buques corsarios. Además su menor peso los hacía débiles ante aquéllos, y es que los españoles construían barcos que tenían que remontar el Guadalquivir para llegar hasta Sevilla, por lo que no podían ser barcos de gran ton elaje

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El Ganges, ritos y tra diciones mil enarias

 


No recuerdo bien a qué hora nos levantamos, pero empecé a vislumbrar las primeras luces del día por las calles de Benarés camino a los ghats y los túmulos fune rarios. Allí, las sagradas aguas del río Gan ges acogen a cientos de hindúes que acuden allí para purificarse con un baño diario.

 Varanasi

Sin embargo, no sólo la sorpresa de esta visita al Gan ges en la ciudad más sagrada de la In dia es ver las aguas infectadas del río llenas de gente, sino también asistir a las ancestrales costumbres religiosas de los hindúes. Antes de la puesta del Sol ya llegaba hasta mí el olor de carne quemada. Allí, sobre uno de los crematorios se estaba cumpliendo uno de los ritos milenarios de esta sociedad: la de la cremación de cadáveres. El sacerdote prendiendo fuego a la pira sobre la que se alza el difunto, los cánticos de los familiares, el fuego purificador que libera el alma del cuerpo, a la que consideran su prisión, y, finalmente, una vez consumidos, el acto de arrojar las cenizas desde los túmulos al Ganges. Pero si realmente sorprendente resulta ver esta ceremonia, igual de sorprendente es ver cómo sin inmutarse los hindúes siguen con su baño e incluso beben de las aguas del mismo río en el que los restos son esparcidos.

Pero, ¿de dónde procede esta tradición?

Bhagiratha fue un legendario rey que, según las ley endas hindúes, tomó el Ganges de los cielos para llevarlo a la Tierra. Sin embargo, su corriente era demasiado fuerte para el planeta, de modo que el Rey rezó a Shiva, que dió parte de su cabello para atar el río mientras bajaba del cielo. Por eso, el Ganges está con sagrado al dios Shiva y tiene tantos templos en sus orillas con estatuas del dios. Esta explicación también justifica que beban las aguas del Ganges, pues las consideran divinas y llegadas directamente del cielo en una tradición que se conserva desde hace miles de años. Desde hace muchos años, los principales sabios hindúes han estado relacionados o han predicado junto al Ganges, como Gopal Chandra Ghosh, discípulo de Ramakrishna, o el propio Buda.

 Benares

Benarés, o Vara nasi, agrupa la devoción de más de mil millones de hindúes que la consideran la Ciudad de la Luz, el centro de su fé, el lugar donde hay que peregrinar al menos una vez en la vida. Se calcula que más de un millón de hindúes al año se trasladan hasta la ciudad, muchos de ellos para morir. Rompen así con el continuo ciclo de reencarnaciones en el que creen, pues su única ilusión es incorporarse al Nirvana, y la tradición marca que para ello, deben morir en Benarés. Ellos la consideran la “Ciudad de la Luz”, muchos de nosotros igual la consideraríamos la “Ciudad de la Muerte”.

Describir las sensaciones que guardo de aquella ciudad es difícil. Sólo me quedó de Benarés una pro funda tristeza, como una tremenda congoja que aprisiona el corazón al ver las condiciones infrahumanas en que viven muchos ancianos que acuden allí resignados para vivir sus últimos momentos. Pero para ellos, eso es la luz. Para su religión, aquel camino no es un fin, sino la manera de llegar al Nirvana. Lo que para nosotros es muerte, para ellos es el camino y el sentido de su vida.

El contraste de la vida y la muerte reflejado en aquellos ghats, escalones de acceso a los margenes del río sagrado y camino de luz a otra vida superior.

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La afrenta de Anagni, bo fetada a un Papa

 


Situación difícil la que vivió el papa Boni facio VIII a finales del siglo XIII y principios del XIV, enfrentado no sólo a la monarquía francesa sino también en lucha interna constante con otra poderosa familia italiana que aspiraba al papado.

Italia estaba dividida por aquel entonces en pequeños Estados que rivalizaban entre sí en poder; cada uno de esos Estados tenía a su frente a una familia que actuaba prácticamente como mecenas de la ciudad, y conseguir el trono de Roma a través del papado era algo de suma importancia para establecer su nombre y el de su Estado por encima del de los demás. La Iglesia tenía un poder que estaba por encima incluso del de los monarcas gracias a aquella antigua concepción teocrática proveniente de los tiempos de Carlomagno.

 Bonifacio VIII

1294 fue un año clave en las relaciones entre Feli pe el Hermoso, monarca francés, y Bonifacio VIII, Papa de Roma. En aquel año, las continuas guerras mermaban las arcas francesas por lo que decidió imponer unos tributos a los clérigos franceses lo que chocaba con el poder divino que la Iglesia tenía atribuido y que la excluía de cualquier tipo de contribución. Comenzó así a tensarse las relaciones de tal modo que Bonifacio VIII criticó abiertamente a Felipe el Hermoso en su bula Clericis Laicos de 1296. Como resultado y en respuesta a aquella bula, el rey francés decidió cortar de raiz la exportación de dinero de Fran cia a Roma, y más tarde, en el año 1301, incluso llegó a detener a todo el legado pontificio en Es paña, acusándolo de conspirar contra la Corona de Aragón.

Dos nuevas bulas papales volvieron a condenar al rey francés, amenazándolo incluso de excomulgarlo. Con la Unam Sanctam (1302) declaró: “es necesario que para la salvación del alma todos los seres humanos sean vasallos del pontificado romano“, y rompió definitivamente los pocos lazos que ya unían al pontífice de Roma con Felipe el Hermoso.

Por otro lado, el Papa, de la familia Caetani, estaba enfrentado a la familia Colonna, en la lucha por el pontificado desde que en el año 1297, los seguidores de los Caetania consiguieron rendir y destruir Palestrina, la capital de los Colonna. Esta familia tuvo que huir finalmente a Fran cia donde se alió con el monarca de aquel país.

Anagni era el lugar de recreo y sede del Papa. Allí se encontraba cuando Guillermo de Nogaret, ministro del rey francés, tomó las tropas y se presentó en Ita lia con 1600 hombres dispuestos a apresar al Papa. A la expedición se unió Sciarra Colonna, enemigo acérrimo de Bonifacio VII, quien, cuando estuvo frente al Papa, ya apresado por sorpresa, lo insultó y lo abofeteó. Fue el propio Nogaret el que evitó que allí mismo le matara Colonna, cuando desde el suelo Bonifacio VII le ofrecía su cabeza y su cuello gritándole que moriría, pero que lo haría como Papa.

Sin embargo, sólo tres días estuvo preso el Sumo Pontífice, pues de urgencia se consiguió reunir un buen número de seguiros de los Caetani que finalmente lo libertaron. Curiosamente, Bonifacio VII, dolido por tal afrenta, apenas resistió un mes más, pues murió en octubre de aquel mismo año. Tras su muerte, y con un nuevo Papa en la persona de Benedicto XI, se estaban comenzando a colocar las piedras angulares del Cisma de Oc cidente con la formación de una nueva sede pontifica en Avi ñón unos años después.

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La ren dición de Granada

No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre“. Dicen de esta frase que fue pro nunciada por Aixa, madre de Boabdil cuando éste rindió Granada. Eran las tres de la tarde del 2 de enero de 1492 cuando Abu Abdallah Muhammad b. Ali, Muhammad XII, Boabdil para los cristianos, salió de la Alhambra por la puerta más cercana al Genil. Allí acongojado y roto por el dolor, el emir se bajó de su caballo e inclinándose ante el Rey Fer nando de Ara gón y todo su séquito de nobles intentó besarle la mano mientras le entregaba las llaves de la ciudad. El Rey, sosteniéndole, lo incorporó para evitarle la deshonra y tomó las llaves de la Al hambra, se las dio a Isabel, la Reina, y ésta a su vez al Príncipe Juan, quien se las pasó al que sería nombrado alcaide la Alhambra, el conde de Tendilla.

 La Rendicion de Granada

Según las crónicas cristianas, o quien sabe, la propia ley enda surgida de momento tan doloroso, Boab dil montó en su caballo para dirigirse a los feudos que los Reyes Católicos le habían cedido para su disfrute en Adra, y desde el cerro más cercano detuvo su montura. Quiso volver su vista atrás para echar una última mirada a su reino perdido, y desolado, lloró como un niño. A sus espaldas, fue la sultana Aixa, su madre, quien pronunció tan lapidaria frase.

Verdad o mentira, lo cierto es que el último bastión moro, Granada, llevaba años sufriendo el empuje de las tropas cristianas. Abandonados por sus aliados; negada la ayuda desde Marru ecos y Egip to, a quienes le habían solicitado auxilio; convencidos de que por mar ya no llegaría la flota otomana que los liberara de aquel largo asedio, los granadinos asistían a una muerte lenta. Rendición o muerte. Era la trágica disyuntiva de un grandioso reino que había caído en el caos económico y social y finalmente, en manos cristianas. Aquellos años de grandeza, de reino que deslumbraba allá donde se pronunciaba su nombre, de riquezas por la seda, por la orfebrería, por las yeserías y por la alfarería estaban en su punto final.

Y los propios granadinos lo sabían. El hambre, pro ducto del largo asedio al que estaban siendo sometidos (tras año y medio sus reservas de alimentos estaban casi agotados y los campos habían sido arrasados), y el frío de aquel invierno de 1491 en el que ya no tenían ni carbón ni leña para encender una triste hoguera, aconsejaban una rendición rápida.

Reunidos los miembros de la familia del emir, los notables, y los representantes del pueblo, le expusieron al sultán la situación. Había de ser en invierno para evitar el sufrimiento. Si esperaban a la primavera la debilidad les habría rendido, y los cristianos entrarían en la ciudad sin problemas. Era mejor rendirse ya, en aquel mismo invierno. Sin embargo, el fervor popular, el ardor de su religión, hacía que por las calles de Granada, muchas de sus gentes se rebelaran contra la situación y llamaran a voces al combate sagrado

levantad el ánimo para el com bate sagrado y que su rostro brillante ilumine la noche

En diciembre de 1491 las calles de Granada tenían prendida la mecha de una revuelta. Se apostaba por el combate y la muerte a cuerpo abierto: antes morir que rendirse. Y Boabdil, a escondidas tuvo que acelerar la rendición.

 Boabdil

La capi tulación de Granada se fijó rápidamente para el 2 de enero de 1492, pero para seguridad cristiana, éstos exigieron la entrega de 500 rehenes de entre los notables mientras ellos hacían entrar un destacamento en la ciudad. Evitaban de este modo el engaño, y así se hizo. De noche, ocultos en la oscuridad, 500 nobles se dirigieron al campamento cristiano, mientras al mismo tiempo los soldados castellanos entraban por la puerta de los Alijares. Lentamente, se dirigieron hacia la Alhambra, abierta por los propios hombres de Boabdil, y en su interior, en el Palacio de Comares, el sultán moro entregó las llaves de la Alhambra a Gutierre de Cárdenas, jefe del grupo cristiano.

Tras la primera misa cristiana en el interior de la Alhambra, se dirigieron hacia la Torre de la Vela, y allí, al fin, levantaron la Cruz, que se hizo visible desde toda la ciudad.

El Albaicín entero lloró la pérdida. Granada gritó y clamó por la capi tulación de su ciudad mora. Hubo unas pocas revueltas, desesperados por el fin de todo un reino, pero finalmente, Granada, la nazarí, quedó rendida.

“el Sol de Al-Andalus desaparecido quedó… que la voluntad de Allah se cumpla… que cada desdichado se encierre con su tristeza… ” (Al-Maqqarí).

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La Re volución Industrial, segunda etapa

 


Nos acercábamos al siglo XX con la ilusión de nuevos descubrimientos; con una febril actividad industrial y con una sociedad que se estaba acomodando a las ventajas que suponía gozar de unos avances tecnológicos que laboral y socialmente ofrecían una mayor libertad, confort y ocio. El optimismo creciente retroalimentaba la maquinaria de la Re volución Industrial.

 avance del ferrocarril

La segunda etapa de la Revolución In dustrial comenzó en 1870 apro ximadamente. Y quizás fuera el invento de la dinamo la que diera un nuevo empujón a la carrera por la modernización tecnológica.  La obtención de fuerza hidroeléctrica gracias a estas dinamos permitieron transformarla en luz, y por ende, en energía para los nuevos transportes que iban surgiendo. La era de los transportes daba un nuevo salto adelante, y por otro lado, la sociedad se veía recompensada con un nuevo elemento desconocido hasta entonces: el alumbrado. Las horas de oscuridad, de candiles y cera, quedaba atrás. Cuando en 1879, Thomas Edison presentó la lámpara incandescente la sociedad ya se había preparado para lo que, uno tras otro, iba a llegar en aquellos años de finales del XIX y principios del siglo XX.

Aquel desarrollo industrial se centró en Euro pa, donde el Rei no Unido era el gran dominante; la potencia mundial cuyos tentáculos se adentraban en todos los continentes. Ellos fueron el perfecto ejemplo del significado de la Revolución Industrial. En primer lugar porque crearon una industria textil con la que acumularon capital suficiente como para continuar con los estudios e innovaciones tecnológicas, y en segundo lugar, porque su vasto imperio colonial otorgaba el material económico y en materias primas como para afrontar con garantías la llegada de esta segunda fase en la que la siderurgia y el ferrocarril serían los elementos principales.

Sin embargo, aquella Revolución Industrial también tuvo sus puntos negros, que en este caso se reflejaban en la cada vez mayor explotación laboral. Jorna das de quince horas y el nacimiento de lo que Karl Marx definió como alienamiento de los trabajadores.

 Segunda Revolucion Industrial

El éxito de la Revolución Industrial estuvo sustentado desde muchos puntos de la economía y la cultura, pues si la sociedad supo acoplarse y recibir con expectación todos aquellos avances y desde el punto de vista económico se estaba en una época de bonanza, también la apertura de nuevas rutas comerciales favoreció el engrandecimiento de todas aquellas naciones que se alineaban a ese nuevo progreso. En ello fue importantísimo también la aper tura del Canal de Suez, en Egip to, en 1869, que permitió un comercio más fluido entre Euro pa y As ia. Además las redes ferroviarias iban en aumento, y se comenzó una carrera loca por conseguir conectar, por un lado, las dos costas de Esta dos Unidos, y por el otro lado, los principales puntos comerciales de Europa. Por último, la presentación en sociedad de las primera líneas telefónicas de larga distancia permitió conectar en el instante a distintos puntos del mundo agilizando de este modo el comercio.

El ritmo de aquellos años parecía por momentos frenético. Era una carrera contrarreloj por ser los primeros en la que Inglaterra, Estados Unidos y Fran cia habían adquirido ventaja. Pero aquel imperialismo; aquella supremacía, no hizo sino crear más tensiones entre determinados países. Alemania e Italia se veían relegados y pronto surgieron los conflictos políticos… estábamos ante las puertas de la Primera Guerra Mundial.

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La re volución de los claveles en Portugal

 


34 años hace ya de aquel levantamiento que supuso la libertad democrática para nuestro país vecino, Portugal: la Re volución de los Claveles. Envejecida y anquilosada por un régimen político dictatorial y arcaico, Por tugal desgraciadamente contaba con la losa de tener la dictadura más vieja de Euro pa. Fue en 1933 cuando con la Constitución Antonio de Oli veira Salazar fundó el Estado Novo con el que despreció a la monarquía y a las más mínimas leyes de cualquier Estado de Derecho. Estuvo en el poder hasta 1968 cuando fue destituido por enfermedad. Sin embargo, su sucesor en el cargo, Marcelo Ca etano, siguió un régimen continuista.

Sin embargo, los tiempos estaban cambiando. La sociedad era mucho más abierta, más liberal. En Europa se respiraban aires de cambio y de lucha por las libertades, y, por otro lado, las colonias portuguesas en África se estaban rebelando ante el imperialismo portugués, lo que obligaba al Estado a mantener a sus fuerzas armadas en territorio africano y a gastar ingentes cantidades de dinero en salvaguardar su imperio.

Revolucion de los Claveles 

En aquélla condiciones de in tolerancia y re vueltas sociales, el 25 de abril de 1974 los portugueses se levantaron con Lis boa tomada por los tanques. El golpe de Estado estaba siendo protagonizado por oficiales de las fuerzas armadas del movimiento de capitanes y liderado por el general Antonio de S pínola. Rápidamente, y antes de que el miedo se extendiera por la capital portuguesa, por radio se emitió un comunicado según el cual se aseguraba que se tenía todo bajo control y que lo único que se pretendía era la vuelta a la democracia y la convocatoria en fechas próximas de elecciones libres.

Lisboa entera se echó a las calles en apoyo al Golpe de Estado, para expresar su repulsa al actual Gobierno y su fé en la libertad. Aquella aprobación masiva popular de la Revolución se sim bolizó en los claveles que se colocaron en las armas de los soldados que estaban en la calle, signo de la libertad que acababa de recuperarse. Al mediodía, los golpistas, con Spínola al frente, lograron que Caetano y su presidente Thomaz, dimitieran.

Rapidamente se anunció la liberación de presos políticos, el retorno de todos los portugueses exiliados y la detención de los miembros de la temida Policía Política. Aquella misma noche el mando militar golpista traspasó todos los poderes a una Junta de Salvación Nacional, y poco después, por televisión, anunció las nuevas medidas que restablecerían las libertades que durante más de cuarenta años habían estado perdidas en Portugal.

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Madrid, 2 de mayo: un pueblo, una nación


A unos cuantos días de esa trágica fecha en la Histo ria de España, Madrid presenta una exposición con la que pretende dar a conocer todos los hechos sucedidos en aquel 2 de mayo del año 1808: Madrid, 2 de ma yo. 1808-2008. Un pueblo, una na ción.

 Madrid 2 de mayo exposicion

Fue aquél un día que pudo marcar la historia, no sólo de nuestro país, sino de toda Europa, pues allí comenzaron a aparecer los primeros gérmenes del levantamiento contras als tropas de Na poleón que habían invadido España. La intención de éstos eran sustituir al rey por José Bonaparte. Aquella noche del 2 de mayo los franceses quisieron sacar del país al rey, pero no contaron la concentración popular que se reprodujo en la Plaza de Oriente y que prácticamente rodeó los carruajes. Se había prendido la mecha que dinamitó todas las calles de Madrid.

Sin embargo, la lucha era muy desigual. El pueblo español apenas tenía armas con las que enfrentarse a los franceses y la represalia de éstos fue cruel y sanguinaria. Aquella madrugada del 2 al 3 de mayo quedaría en la retina de todos los españoles para siempre, retratado por la artística mano de uno de nuestros pintores más famoso: Goya.

Los fusila mientos del 2 de mayo en el que tantos españoles perdieron la vida por defender la libertad nacional desembocó en la Guerra de la Independencia y finalmente en una de las primeras grandes derrotas de las tropas napoleónicas.

200 años después podemos asistir a esta exposición: “Madrid, 2 de mayo. 1808-2008. Un pueblo, una nación“. Merece la pena asistir y revivir de primera mano aquellos sucesos. Adentrarnos y conocer un poco más de nuestra historia. Saber por qué somos como somos y lo que somos actualmente. Conocer nuestro pasado es conocer nuestro presente y a nosotros mismos. Y gracias a Arturo Pérez Reverte y Félix Murcia han conseguido reconstruir aquella época.

Será como hacer un recorrido por el tiempo, pues conoceremos los distintos escenarios, las ves timentas y uniformes de la época, maquetas de las batallas que se produjeron, de las estrategias y de las luchas. En varias salas y apartados podremos vivir cada uno de los es cenarios de aquella trágica noche: el Palacio Real, donde los españoles quisieron evitar la marcha del rey; la Puerta de Toledo, la Puerta del Sol… y a través de ellos reviviremos escenas que sólo hasta ahora habíamos podido ver en algunos de los cuadros de la época negra de Goya, como “la carga de los mamelucos” o “los fusilamientos de Príncipe Pío“.

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La lo cura de Calígula

 


En la gran época del Im perio Roma no si hubo un emperador que pasó a la Historia por su locura, ese fue Calígula.

Nacido como Cayo César Augusto Germánico, pero conocido como Calígula, fue nieto adoptivo de Tiber o e hijo del adorado Julio César Germán ico. Pero si de mayor fue vilipendiado y odiado por todos, de pequeño, Calígula era un chico guapo, esbelto, gentil y bondadoso. Fue el 16 de marzo del año 37 cuando subió al trono romano tras la extraña muerte del emperador Tiberio, quien lo había nombrado heredero. Sin embargo, Calígula cayó enfermo al poco tiempo de ser nombrado emperador con unas altas fiebres que lo postraron en cama.

 Caligula

Al parecer fueron aquellas fiebres las que alteraron su carácter, pues desde su re cuperación ya jamás volvió a ser el mismo. Al poco tiempo comenzó a tener actitudes extrañas que empezaban a dejar ver su locura. Emepzó entonces su relación amorosa con su propia hermana, Julia Drusila, con quien cometió todo tipo de excesos con el apoyo de la propia Drusila. Las ejecuciones sin sentido ni justicia se hicieron frecuentes en el Imperio, e incluso los propios miembros de la aristocracia romana se vieron envueltos en continuas humillaciones.

No contento con eso, también el poder militar hubo de sufrir sus rarezas hasta tal punto que durante una batalla en las Galias tuvo a la totalidad de sus guarniciones recogiendo moluscos en las costas.

Con la muerte inesperada de su hermana y amante, su locura aumentó. Mandó construir un altar para Drusila y hacia él levantó un puente para su uso exclusivo que además llegaba hasta el templo de Júpiter.

En el paroxismo de su locura, además, nombró cónsul romano a su propio caballo.

Eran ya demasiados los excesos del emperador que había abandonado totalmente el gobierno del Imperio, por lo que pronto comenzaron las conjuras para quitarlo del poder. El 24 de enero del año 41, con sólo 29 años, y tras 4 años gobernando Ro ma, Calígula fue asesinado por Casio Quereas tal y como deseaba el pueblo romano.

Curiosamente, el tribuno Quereas fue mandado ejecutar por el sucesor de Calígula, Clau dio, a pesar de, supuestamente, haber tomado parte en la conjura, quizás como método de demostrar al Imperio que no estaba dispuesto a que esas conjuras sucedieran contra él mismo.

A pesar de que su locura fue por enfermedad, lo cierto es que Calígula fue literalmente borrado de la lista de emperadores y su nombre desapareció de todos los legados romanos, hasta que siglos más tarde un célebre escritor recuperara su nombre como símbolo de lo ab surdo.

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El Señor de Sipan, el des cubrimiento

 


Era febrero de 1987 cuando el doctor Walter Alva, el arqueólogo Luis Chero, y su equipo se decidieron a excavar en la zona de Sipán, al norte de Pe rú, en la región de Lambayeque. Al poco de comenzar las excavaciones los hallazgos fueron realmente sorprendentes pues encontraron en una tumba el esqueleto de un guerrero con los pies cortados. En los tiempos a los que pertenecía ese guerrero aquéllo era el símbolo de vigilancia per petua, de modo que parecía que algo más debía haber escondido y que seguramente sería lo que ese guerrero vigilaba.

 El Señor de Sipan

Justo debajo de aquel guerrero, a unos metros más de profundidad estaba lo que eternamente debía permanecer oculto: una cámara subterránea de 25 metros cuadrados. Cuando se quitó las vigas que sellaban la cámara, la sorpresa fue mayúscula. Seguramente uno de los mayor es descu brimientos arqueológicos del siglo XX. La historia del antiguo Perú mostrada a los ojos del doctor Walter Alva. Era el mes de julio de ese mismo año, 1987.

Era un conjunto perfecto, sorprendentemente simétrico, y de unas riquezas incalculables. En su centro destacaba la pequeña figura de un señor cubierto de joyas entre las que destacaba un disco de 92 milímetros de diámetro hecho de turquesas, coral y lapizlázuli y rodeado de esferas de oro puro. La vestimenta del señor también lucía turquesas y una corona de oro. Los huecos de los ojos se habían llenado con dos réplicas de sus ojos en oro. El mentón estaba protegido por una máscara, igualmente en oro, y la nariz por una nariguera del mismo metal precioso. El pecho tenía once pectorales con conchas de colores, brazaletes con turquesas, un lingote de oro en su mano derecha (el Sol) y uno de plata en la izquierda (la Luna). A su lado un cetro rematado en una pirámide de oro, y finalmente un collar con 71 esferas de oro. Pero el mayor tesoro encontrado fue una diadema de 62 cms. de ancho y 42 de alto, cómo no, de oro.

Pero el Señor de Sipán no estaba sólo. A su lado se encontraron los esqueletos de dos soldados, también cubiertos de oro y turquesas, que se encargaban de protegerlo en la vida eterna. Además, había dos mujeres que probablemente serían sus es posas, otra mujer más y un niño, y un perro.

En todo el enterramiento aparecieron cientos de obetos con piedras preciosas, metales como oro y plata y cerámicas valiosas. Pero aún así, la gran riqueza de este descubrimiento no fueron sus tesoros, sino descubrir su Historia, su pasado, y conocer de primera mano el auténtico pasado del Perú norteño, sus raíces y cultura, la de los mo chiques o moches a quien pertenecía el Señor de Sipán.

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